Factoría Onírica ha sido clasificado como el mejor relato en el II Premio Cryptshow Festival de Relato de Fantasía


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martes, 17 de febrero de 2009

Los Furruñaña

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-!No, al gato no!- Grité a la vez que le empujaba haciéndole perder el equilibrio.
El sonido del perdigón, tras rebotar en una vieja chapa, me hizo sentir aliviado.
-Pero, ¿qué haces?- David se sorprendió, cabreándose.
-¡A los gatos no!- Dije rotundamente.
-Lo tenía a huevo... - Refunfuñaba, mientras cargaba con más munición la perdigonera que le regaló su primo Edgar.
Casi todos los días, cuando salíamos de clase, íbamos a la zona de "Las Arcas" a cazar gorriones. Las presas se las ofrecíamos a la señora Candelas que, con mucho gusto, se las cocinaba a su marido Julián. Había tardes que quedábamos con más amigos y jugábamos al escondite entre viejos vagones de tren que descansaban en la abandonada estación del pueblo. También solíamos caminar hasta un arenal, cerca de una pimpollada, donde construíamos cabañas con cartones y palés que recogíamos de un escombrero cercano. En el interior de esos chamizos, jugábamos y conversábamos libremente, sin miedo, porque allí, ningún mayor nos podía regañar. A veces también fumábamos.

Una tarde, mi amigo David y yo, nos dirigíamos hacia el arenal, merendando un currusco de mortadela con aceitunas. A pesar de que el sol se escondía detrás de las grises nubes, el calor era pegajoso e insoportable.
-Yo de mayor quiero ser Gastrónomo- David siempre salía por peteneras. -Me encantan las estrellas, los planetas, las galaxias... me encantaría volar hasta la luna... - David seguía con su monólogo mientras que yo miraba a lo lejos, hacia el arenal, donde se suponía que estaba nuestra cabaña.
-Calla David, ¡mira nuestra cabaña! -dije yo.
-¡Malditos Yerbas, otra vez que nos la han preparado!
En el pueblo, había una panda de chicos un poco mayores que nosotros, los Yerbas. A veces se metían con nosotros, nos destrozaban las cabañas e incluso nos pegaban.
David y yo nos lo tomamos con bastante filosofía y con los típicos gruñidos de rabia de David, fuimos al vertedero a recoger materiales para poder reconstruir la cabaña.
Entre los escombros y muebles viejos, siempre aparecían libros, discos de vinilo, antiguos juguetes... La gente tiraba a la basura de todo, una vez David se encontró un joyero prácticamente nuevo que regaló a su madre por su cumpleaños.
-Mira lo que hay aquí- Dije a David que, sin hacerme ningún caso, probaba entusiasmado una vieja bicicleta que no tenía ruedas ni tampoco sillín.
Abrí una cajonera antigua. En su interior encontré una extensa colección de estampas de vírgenes, santos, crucifijos de madera, un diario escrito con letra ilegible, varias velas de color blanco..., nada interesante. Volqué la cajonera arrojando el contenido al suelo mientras David se entretenía lanzando piedras hacia una botella de cristal. Me agaché para coger un libro que cayó al suelo, pero cuando lo abrí, observé que se trataba de un álbum de fotos.

El álbum contenía fotos en blanco y negro que se mantenían en perfecto estado. Eché un vistazo rápido a los retratos, pero no me parecían interesantes. Justo en el momento de cerrar el álbum para arrojarlo con fuerza hacia donde se encontraba David, me pareció que uno de los personajes fotografiados me había guiñado un ojo. Enseguida abrí de nuevo el álbum y busqué esa fotografía, que por un instante, me pareció que había cobrado vida.

El tipo de la foto tenía bigote, era alto, delgado, tendría unos 35 o 40 años y vestía un anticuado traje negro. Éste pestañeaba, me miraba..., de repente, ante mi asombro, se llevó el dedo índice hasta sus labios haciendo el gesto de que guardara silencio y se dio la vuelta dándome la espalda.
-¡David, corre, ven!
David se abalanzó hacia mí.
-¿Qué pasa?, ¿qué estás viendo?
-Mira este hombre, ¡se mueve! - Dije nervioso. El hombre de la foto se mantenía dándonos la espalda sin moverse lo más mínimo.
-Pero ¿qué dices?, si por algo me dice mi madre que no me junte mucho contigo.
-En serio, este hombre se ha movido.- Dije mirando fijamente a la fotografía.
-Samuel, déjate de estupideces y espabila, yo voy llevando estos cartones al Arenal- me dijo señalando tres grandes cajas de cartón que estaban en el suelo.
David se alejaba en dirección al Arenal, arrastrando el material que utilizaríamos para reconstruir la cabaña, y yo me quedé allí, de pie, sin moverme, todavía estupefacto mirando la fotografía.
-Hola Samuel.- El hombre de bigote se había girado y me miraba sonriéndome.
-¿Cómo...? ¿qué...? pero...- Yo no podía articular palabra.
-Mi nombre es Alfredo Furruñaña del Catón. Es todo un placer conocerte. -Dijo el hombre alegremente.
-No puede ser posible, ¿quién eres? - Por fín pude hablar, sosteniendo el álbum con las dos manos.
-¿Otra vez, Samuel?, ya te he dicho quién soy, ahora te presentaré a mi familia.
Yo lo miraba asombrado, por un momento se me olvidó que estaba sobre un montículo de escombros en el medio de un basurero.
-Pasa la página y verás a mi hijo Zacarías.
Yo le hice caso y pasé una página en el álbum. Me encontré con una foto de un joven con el pelo y las barbas descuidadas. Éste posaba en la foto dormido sobre una hamaca.
-No sé a quién habrá salido, se pasa todo el día así, como le ves, tumbado sin hacer nada - dijo Alfredo enérgicamente sin dejar de sonreír.
-¡Alfredo! ¡Ayúdame a encender la chimenea! - Una voz femenina salió del álbum.
-¿Quien ha gritado?- pregunté.
-Oh, es mi esposa Linda. Te la presentaré, vete a la página dos.
Abrí el álbum por la segunda página y me encontré a una mujer tan alta y delgada como Alfredo, con una especie de batín y agachada junto a una chimenea francesa intentaba poner lumbre con unas roñas y un fósforo. Alrededor de ella un pequeño perro se movía nervioso agitando activamente su rabo.
-Tenemos visita Linda - dijo Alfredo.
La mujer sobresaltada se dio la vuelta y tiró las roñas al suelo mirándome algo confusa.
-Alfredo..., ¡la próxima vez avisa! - Gritó la mujer, a la vez que se colocaba el pelo.
-Lo siento, no esperaba ninguna visita, ¿a quién tengo el gusto de conocer?- Me preguntó.
-Soy Samuel.
-¡Si yo digo que estás tonto! - David me gritaba al otro lado del escombrero, mientras soportaba en sus brazos un palé de madera que llevaba hacia el arenal.
Yo miré de nuevo hacia el álbum.
-Bienvenido a la casa de los Furruñaña. Yo soy Linda y este pequeño es Fosco.- Señaló al perro que seguía moviéndose inquietamente.
El hombre de bigotes apareció de nuevo en la foto de la segunda página.
-Ahora debes conocer a la pequeña Nika, tiene tu edad más o menos. ¿Donde está cariño?- preguntó Alfredo a su esposa.
-Está en su habitación. - Respondió ella.
-Ve a la penúltima página.- Me ordenó Alfredo.
Abrí el álbum como me dijo y allí encontré a una niña que tendría más o menos mi edad. Su cara era pálida y su pelo muy largo y negro. Permanecía tumbada sobre una cama leyendo un libro. Parecía muy concentrada y ensimismada en su lectura, tanto que no se enteraba de mi presencia.
-Hola Nika.- dije yo.
De repente a la vez que la niña pasó una página de su libro, la casualidad, hizo que una rancha de viento azotara en la escombrera haciéndome perder el equilibrio en lo alto del montículo.
-Hola, ¿me puedes ver?- Insistí ante una niña totalmente absorta en su lectura.
-Espera, ya sólo me queda una página.- Dijo sin perder de vista el libro.
A los pocos segundos, la niña cerró delicadamente su libro y me miró con ojos brillantes.
-Me ha encantado. -Dijo con voz dulce.
-¿Qué libro era? -La pregunté.
-Una historia que escribió mi padre hace poco.
-Vaya, ¿y de qué trata?
-Se titula “Traficantes de Meñiques”, trata de unos extraños seres, “los fribucos”. Éstos se cuelan astutamente en los álbumes de fotos y se alimentan de los dedos meñiques de los gurrench.
-¿Gurrench?- pregunté sin entender nada.
-Si gurrench.
-¿Que es un gurrench?
-Yo soy un gurrench, los Furruñaña somos gurrench.
-¿Qué sois en realidad?- Pregunté.
-¿Cómo que qué somos? – Respondió, preguntando a su vez.
-¿Sois reales? – Yo preguntaba atónito.
-Somos personas retratadas, ¿nunca has visto a un gurrench o qué? - Preguntó extrañada.
-¿Pero tenéis vida?
-¡Pues claro que tenemos vida, siempre estáis igual, nunca lo entendéis! - Nika Furruñaña se alteraba por momentos.
-¿Quién no lo entiende?- pregunté.
-Vosotros sois los que no lo entendéis. Los que estáis ahí fuera no sabéis nada. Siempre pensáis que sois los únicos que existís, que sois los mejores, los seres superiores; os creéis el centro del universo y eso no es así.
De repente Nika paró radicalmente de hablar y se quedó inmóvil, escrutándome desde la foto.

-¿Nika?, ¿te pasa algo?- Dije yo a la joven, que petrificada me miraba sin pestañear.
-¡Estás loco, estás hablando con una fotografía!- David estaba detrás de mí observando a Nika.
-Debemos irnos de aquí, rápido, "los Yerbas" se aproximan con sus bicicletas. - Dijo éste seguidamente.
-¿Donde están? - Pregunté cerrando el álbum.
-Son unos 6 y vienen por el "Camino de las Rodás".
-¿Qué podemos hacer?- dije yo asustado.
-Estamos perdidos.- David contestó, llevando las manos a su rostro.
-Entrad en mi casa- La voz de Nika se oía desde muy lejos.
-¿Quién ha hablado?- preguntó David.
Abrí el álbum por la penúltima página y Nika estaba allí, nos miraba y se movía nerviosa.
-Samuel, venid a mi casa, ¡aquí estaréis a salvo!- Dijo, apremiándonos a entrar.
-Pero, ¿Qué es esto?- David gritó conmocionado viendo cómo la fotografía se movía y hablaba.
-¡Cerrad los ojos fuertemente! –Dijo Nika.
Los Yerbas estaban muy cerca, ya nos habían localizado y se acercaban velozmente hacia nosotros riendo y gritándonos todo tipo de improperios.
-¡Esto es una bobada!- David se negaba a cerrar los ojos.
-¡Por favor David, haz caso!- Le grité agarrándole por los hombros.
-¡Cerrarlos mucho más fuerte! – Nika gritaba.
-¡Fuerte, David!- Gritaba yo que ya no podía cerrarlos más.
-¡Apretad más, cerrarlos hasta que os duela la cabeza!- Nika no paraba de darnos voces.
De repente el intenso bochorno desapareció dando paso a un agradable frescor. Yo abrí los ojos, me encontraba junto a David en una amplia habitación con olor a limón. A través de la una pequeña ventana entreabierta, pude observar que la noche era muy oscura en aquel lugar. Un ligero viento entraba por la ventana y movía levemente las cortinas. Nika estaba en una de las esquinas de la habitación, aterrorizada, nos miraba asustada y se tambaleaba sin dejar de temblar.
-Hola Nika- Dije yo sonriendo.
-No, por favor…- dijo ella llorando.
Una tímida luz salía de una lámpara de lectura e iluminaba el habitáculo que estaba repleto de estanterías con viejos libros.
-¡No me hagáis daño!- Dijo Nika entre sollozos.
-Tranquila, no duele tanto como dicen.- Le dije yo.
-¡Nooo!
-Samuel, ha llegado el momento de catar los meñiques de los Furruñaña.

lunes, 19 de enero de 2009

Kapitu

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Me encantaba pasar el tiempo con Kapitu. Era, sin duda, mi mejor amigo. Siempre estaba allí cuando lo necesitaba y rara era la vez que me aburría a su lado.
Por lo general siempre nos veíamos en mi habitación. A mis padres no les hacía mucha gracia, pero tenían que respetarme, al fin y al cabo, no estábamos haciendo nada malo. Casi todos los días solíamos inventarnos juegos imaginarios, de lo más originales e inéditos, aunque lo que más nos gustaba era contarnos historias. A veces nos leíamos relatos de los libros que me traía mi tío Carlos de sus numerosos viajes: "Cuentos de brujas del Este", "Fantasmas solitarios", "Elfos Escoceses".... Otras veces, entre los dos, improvisábamos inventando cuentos, siempre de temática fantástica. Cuando Kapitu estaba a mi lado, el tiempo pasaba velozmente y la voz de mi madre siempre dejaba alguna historia por la mitad.
-¡Sandra, la cena se te quedará fría!.
Las despedidas con Kapitu no eran nada tristes porque yo sabía que podía contar con él en cualquier momento, Kapitu era un amigo de los de verdad.

Que Kapitu fuera mi preferido no significa que no jugara con más amigos. Manolo y Germán también venían siempre que podían. Con ellos no solía leer ni inventar historias. Preferían jugar antes que hacer cualquier otra cosa, por lo que también eran muy divertidos. A veces quedaba con los tres y nos lo pasábamos genial. Nos gustaba saltar sobre la cama hasta que, cansados y sudorosos, nos dejábamos caer iniciando una prolongada y entretenida conversación.

-¡A comer Sandra!.- (Mi madre gritó desde la cocina como de costumbre).
Era un sábado y mi madre se volvió loca, ni la entendía ni me entendía. Estaba más nerviosa que nunca, y gritaba.
-¿Se puede saber por qué has bajado la persiana de tu habitación y has cerrado la puerta?- me preguntó irritada.
-Estaba con Kapitu y lo dejé echándose la siesta- Le respondí.
-¿Ya estamos?, ¡estoy harta Sandra, pero que muy harta!- El tono de voz era serio y contundente. Yo no entendía nada, no sabía porque les molestaba tanto que Kapitu estuviera conmigo.
Miré a mi padre. Él no hablaba pero si que se mantenía serio.
-¡Papá, pero si no he hecho nada malo!- Le dije con lágrimas en los ojos.
-Tendrás que olvidarte de Kapitu cariño.- Me dijo éste a la vez que mi madre daba gritos enfurecidos.
Me pasé todo el día llorando y sin ganas de nada. A partir de ese momento Kapitu pasó a ser un amigo clandestino. Mis padres no podían enterarse de los encuentros en mi habitación y yo tendría que poner todo el cuidado para que ellos no se enfadaran.

Pocos días después de ese nefasto sábado, mis padres me dieron una noticia que me hizo llorar aún más: tenía que ir a un médico, más en concreto a un psicólogo.
Me dijeron que me ayudaría y que no me haría nada malo. El simple hecho de que un hombre con bata blanca se pusiera en frente de mí, me puso muy nerviosa, pero la realidad no fue tan mala como esperaba. El hombre, un tal Doctor Pedro Idulgo, ni me tocó, ni si quiera me preguntó. Tan solo mantuvo una pequeña conversación con mis padres y finalizó con unas palabras que me hicieron muy feliz:
-Señores, Sandra no tiene ningún problema. Lo de Kapitu es lo más normal del mundo, está en la edad y tienen que asimilarlo como algo más en el espacio vital de su hija.
Yo sonreí y a mis padres les cambió la cara. Se les veía más relajados.
-Muchas gracias Doctor Idulgo- Dijo mi madre cuando salíamos de la consulta.
-De nada señores y tú, Sandra, da recuerdos a Kapitu.- El hombre de la bata blanca me hizo un guiño.

-Al entrar a la taberna, me asombré del peculiar ambiente: brujas, gnomos, hadas, elfos, y pintorescos personajes y criaturas se entremezclaban con tigres de bengala, alces, asnos, centauros, panteras, monos y más animales a los que no....
-¡Sandra, la mesa está puesta! -Mi madre interrumpió en lo mejor de un relato que leía a Kapitu. Manolo y Germán estaban dormidos sobre mi cama arropados con uno de mis calcetines.
-¡Estoy acabando de leer una historia a Kapitu, ahora voy! -Dije enérgicamente a mi madre.
Kapitu, sobre mis piernas, me miraba fijamente con sus pequeños ojos, asombrado por la historia que le estaba contando. Miré a través de la ventana y la nieve seguía cayendo. No soy capaz de explicar lo feliz que me sentía con mis tres amigos.

lunes, 5 de enero de 2009

El Conde de Abruá

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La oscura noche estaba bañada por una intensa lluvia que no cesaba desde hacía tres días. Los graves truenos acompañaban mi andadura transmitiendome cierta intranquilidad. Mi tos aumentaba a la par que mi asma. Calado, agotado y casi sin fuerzas para seguir, necesitaba encontrar algún refugio para poder pasar la noche. Cada vez tenía más hambre y mi estómago rugía hasta llegar a dolerme.
En uno de los momentos en que un relámpago iluminó el cielo, pude ver en lo alto de un gran peñasco una fortaleza. Decidí acercarme hasta aquel lugar con la esperanza de ser acogido.
El ascenso hasta aquel prolongado peñasco fue largo y duro por lo que tardé más tiempo de lo que en un principio preví. Una vez en lo alto, me llamó la atención la magnitud de la fortaleza. Un solemne edificio de aspecto dejado y deshabitado, con unos exteriores totalmente descuidados y llenos de maleza.
Golpeé fuertemente en lo que supuse que era la puerta principal. En unos pocos segundos una doncella vestida de blanco abrió la puerta recibiendome con una tímida sonrisa.
-Buenas noches, ¿que desea?- Preguntó la joven.
-Deseo cobijarme en su morada. -Respondí con mis ojos entrecerrados por la intensa lluvia.
-Un momento por favor- La doncella me cerró la puerta.
Al cabo de unos minutos la elegante joven volvió a abrir la puerta y ésta vez con mucha clase me invitó a entrar en el castillo.
-Le acompañaré hasta la habitación del señor- Me dijo ésta mientras yo la seguía por un largo pasillo.
-El señor me ha comentado que quería conocerle- La señorita me daba conversación mientras que yo, atónito, observaba un desmesurado lujo que no esperaba encontrar:
Una extensa coleccion de cuadros, muebles, lamparas, tapizados, estatuas y alfombras inundaban paredes, suelos y techos. Todo me llamaba la atención, cualquier rincon estaba cuidado al más mínimo detalle.
-Ya hemos llegado- Dijo con un cierto énfasis.
Dio dos golpes a la robusta puerta y desde el otro lado una rasgada voz invitó a la joven a entrar en la habitación.
-Su huesped está aquí Señor.

Yo, algo acobardado, accedí y la joven se despidió cerrando la puerta.
El habitáculo era grande y oscuro. Estaba iluminado en menor grado que el resto de los pasillos que había recorrido previamente. Me llamó la atención el peculiar olor que nunca supe atribuir a nada.
-¿A quien tengo el gusto de conocer?- Me preguntó una silueta que miraba tras una de las ventanas.
-Soy Damián- Dije simplemente, algo asustado por la situación.
El hombre cambió bruscamente la dirección de su mirada y pasó a observarme mientras que cojeaba en dirección a una de las sillas.
-Sientate chico.- Me ordenó mientras que, con gesto de dolor, se frotaba una de sus piernas.
-Dime, ¿de donde eres y que te trae por estas tierras?- Su ronca y rasgada voz sonaba desgastada y sin fuerzas.
Yo tomé asiento y a pesar de la humedad de mis ropajes, pude notar como el temperatura de mi cuerpo iba en aumento.
-Vengo del norte, de la zona del Zulium. No tengo ni casa ni familia y mi vida se basa en el momento actual y en el día a día. Nunca miro al "mañana" y ni siquiera al "luego".
-Vaya, vaya, vaya... con que un "Don Nadie"- Me dijo éste despues de beber un largo trago de una botella que no supe de donde sacó.
-¿Y usted?- Pregunté.
-¿Como que usted?- De repente noté cierta ofuscación.
-¿Vienes a mi casa y no sabes quien soy?-Su voz ganaba fuerza.
-Lo siento señor. Vine aquí por azar, arrastrado por el frío, la lluvia y el viento.- Dije yo.
La botella volvió a tomar protagonismo y se alzó sobre la oscuridad. Tras un largo trago, el viejo hombre me ofreció de su bebida. Intenté matar mi sed pero apenas pude dar un sorbo de ese fuerte licor que por poco me abrasa la garganta. Después de un prolongado silencio, el viejo hombre comenzó a hablar esta vez con un tono tranquilo y sosegado:
-Soy el Conde de Abruá, o mejor dicho, una vez lo fuí. En este, mi castillo, me paso las horas muertas y son tantos los años que llevo encerrado aquí, que sinceramente, he perdido la cuenta.
El hombre se hizo gracia a sí mismo y río friamente mientras alzaba su botella. El potente licor estaba poseyendo a éste viejo Conde que cada vez deliraba más:
-Cuando yo estaba vivo, me gustaba pasear por los alrededores, me gustaba visitar las aldeas, las aldeanas...., que mozas las aldeanas, eran las mejores chicas que te puedas imaginar Manián.
-Damian.- Dije yo.
-Eso Damian-.
El Conde se dirigió a la ventana con la botella en la mano. La torrencial lluvia, el intenso viento y los truenos se dejaban oir cada vez más cerca. Por un momento pensé en la dura noche que me hubiera esperado fuera de no haber encontrado este lugar.
El sueño se apoderaba de mí. Mis párpados empezaban a pesar y cada vez me era más difícil mantener completamente mis ojos abiertos.
-¿Sabes una cosa Manián?-
-¡Manián no!, Damián.- Le volví a corregir.
-Me gustaban los hombres.- Al Viejo conde le costaba vocalizar perjudicado por la bebida.
-Si, ahora lo puedo decir sin tapujos. Ahora todo me da igual, siempre me han gustado los hombres, al igual que las mujeres claro... Al cuerno con todo...jajajaja- Un ataque de risa y de hipo se apoderó de él. El Conde de Abruá dejó de reir y pasó a tararear una canción con un registro de voz agudo mientras acercaba una de las sillas al lado de la ventana. Yo le observaba con los ojos entornados, cada vez desvariaba más y no dejaba de beber.
Casi estaba soñando cuando pude notar un aliento añejo sobre mis mejillas. Sobresaltado abrí los ojos y me encontré con el rostro del Conde apenas unos centímetros de mí:
-Manián... antes de que te duermas quiero mostrarte lo que un día hice en mi fustrada vida. Un día que no podía más, que no aguantaba la presión.- Ahora la voz del Conde era seria y lineal, ya no reía ni parecía estar tan borracho como momentos antes. Sentí un miedo inexplicable y un escalofrío recorrió toda mi espalda.
El Conde se giró bruscamente y se dirigió hacia la ventana. Con la ayuda de una silla se subió a la repisa del gran ventanal de su habitación y empezó a reir de una forma diferente a las anteriores veces. El Conde gritó fuertemente a la vez que se arrojó al vacío. Yo me levanté de la silla:

-¡No!-Grité demasiado tarde.
Me asomé por la ventana y miré hacia abajo. No llegaba a ver el fondo, la noche era cada vez más oscura. Decidí ir en busca de la doncella pero me di cuenta de que la puerta de la habitación estaba cerrada y no se abría. Un ataque de pánico me llevó a aporrear la puerta hasta casi tirarla abajo. Nadie respondia a pesar de mis gritos. No podía salir de allí, estaba encerrado.
Asustado y nervioso por lo ocurrido, pasé más de media noche paseando de un lado a otro por la lóbrega habitación. A mitad de la noche, el cansancio se apoderó de mí y no pude más; me tumbé en el suelo, casi al instante estaba profundamente dormido.

Cuando desperté, enseguida me di cuenta de que no había sido un sueño. Estaba allí, donde por un momento creí haberlo soñado todo, tumbado en el suelo y aún algo mojado por la tormenta. La luz del sol entraba por el amplio ventanal. La habitación estaba completamente vacía. La puerta estaba abierta, de hecho, me acerqué; allí no había ninguna puerta. Salí de la habitación y deshíce el camino que junto a la joven doncella recorrí la noche anterior. Todo estaba en un estado desastroso, era un castillo en ruinas. No había nada de lo que la noche anterior vi. Las paredes e incluso muchas partes de los techos, estaban adornadas con modernos grafitis de jovenes de alguna ciudad no muy lejana. Se podían observar restos de fogatas y mucha suciedad por casi todos los rincones. No podía ser posible, ese no era el castillo donde la noche anterior quedé deslumbrado por su lujo.
-¡Hola!- Grité en uno de los vestíbulos.
Creo que fue el eco el que me respondió.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Velatorium

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Junto a la ciudad libre de Cristiania, en el centro de Copenhague, el viejo James Lucker vivía en un humilde y pequeño piso que heredó de su tía Brenda. Esta pequeña morada, formada por un baño y un pequeño habitáculo que comprendía el salón, la cocina y un viejo camastro, era el espacio donde James Lucker pasaba la mayoría del tiempo de su tranquila vida.
Esa noche, James se movía de lado a lado, incapaz de calmar un nerviosismo que no sabía muy bien de donde provenía. El ruido del viejo somier de muelles no cesaba, al igual que la inquietud de su mente, que giraba sin sentido haciendo imposible conciliar su sueño.
Eran las tres de la madrugada. James se incorporó encendiendo la débil luz de su mesilla casi a la vez que su cigarro. Ya de pié, a través de la ventana, observaba sin interés a los habituales nocturnos que se agrupaban alrededor de las hogueras, donde cada noche luchaban contra el gélido frío.

"Velatorium" volvió a poseerlo. Últimamente era habitual la obsesión de James por su novela. Llevaba más de tres meses escribiendo y un bloqueo inexplicable en él, le atrofió la mente de tal manera que no le dejaba proseguir su historia.
La enrevesada historia sucedía durante toda una larga noche en el interior de un velatorio. Amigos y familiares del difunto sufren situaciones de lo más particulares, pintorescas y a la vez aterrorizantes. Esa era la idea, pero no llegaba a colmarse.
Los personajes de "Velatorium" iban y venían, deambulaban por la mente de James sin mucho sentido: Lisa Mickson (la mujer del difunto), Telma Stone(la hermana solterona de Lisa), Frederic Mickson (el difunto), George Lois (el alguacil), Peter Luch (el mejor amigo de Frederic)....Una amalgama de situaciones transitaban a la deriva sin ningún sentido. James quería hilar la historia a toda costa pero le era imposible, la imaginación emigró de su ser y no era capaz de escribir como tantas otras veces lo había hecho.

Encendió el segundo cigarro y se sentó en su escritorio, frente a su antiquísima máquina de escribir "Underwood Five".
Sabía que no era bueno forzar, que las ideas debían surgir por sí mismas, pero la desesperación le superaba. Colocó sus manos en la máquina con el falso ademán de comenzar a escribir, intentando engañar a un subconsciente resabiado y curado de espanto.
La ceniza del cigarro caía en las desgastadas teclas de su máquina cuando de repente alguien llamó a la puerta de su casa. Eran las 3:30 de la madrugada y los tres golpes secos en la puerta sobresaltaron y pusieron en pie a un James que no esperaba, y menos a esas horas, la visita de nadie. Algo nervioso miró a través de la mirilla y comprobó la presencia de una extraña mujer.
-¿Quien es?-James preguntó.
-Soy yo-Contesto la desconocida.
James descartó la posibilidad de que esa mujer de voz débil fuera una malhechora.
-Un momento-Gritó mientras peinaba su escaso pelo frente al único y sucio espejo de su piso.

Tendría alrededor de cincuenta años y cara de pocos amigos. Era alta, delgada y más bien pálida. Su pelo largo y oscuro estaba algo desaliñado, sus ojos brillaban y su rostro era triste.
-¿Que desea?
La mujer miraba fijamente a James, apenas se movía y éste tuvo que insistir.
-¿Quiere algo?, ¿Se encuentra bien?
La mujer habló manteniendo su rostro serio:
-¿Me deja pasar por favor?
James sorprendido accedió y la hizo un gesto con su brazo. Seguidamente ella entró en el apartamento y se sentó en una de las sillas. Su mirada se volvió a clavar en Lucker.
-Y bien, ¿quien es usted?
-He venido a ayudarle.-Su cara se mantenía seria y firme.
James empezó a perder los nervios:
-Pero bueno, ¿esto es una broma?, ¡Yo no necesito ayuda de ningún tipo!, ¿me ve con cara de necesitar algo?.
La mujer esperó a que dejara de hablar y con tranquilidad le dijo:
-Mi nombre es Lisa Mickson y vengo a ayudarle con su novela "Velatorium".
James abrió sus ojos:
-Pero, ¿como?, ¿Lisa?, ¿Velatorium?.
Lucker no entendía cómo esa desconocida sabía de la existencia de su novela. Él no se lo había dicho a nadie.
Ha debido de entrar en mi apartamento en algún momento-pensó.
-No se preocupe, en esta vida todo tiene explicación.-Lisa intentaba tranquilizarle.
-Pero Lisa Mickson, ¡es un personaje de mi novela!- James dijo con sorpresa.
-Y ¿quien ha dicho lo contrario?
De nuevo, alguien llamó a la puerta. Otros tres golpes esta vez más consistentes interrumpieron la conversación.
-¿Quien es?
-¡Soy yo!.
A pesar de que la voz era masculina, esta vez James no miró por la mirilla abriendo directamente la puerta.
Un hombre rechoncho con tirantes y bigote adelantó su mano saludando a un James al que no le dio tiempo a decir nada, el extraño hombre accedió al apartamento con total naturalidad y directamente dio dos besos a Lisa.
-¿Y usted quien es?-Preguntó James.
-Soy Peter Luch, gran amigo de Frederic.
James se sentó en su escritorio asombrado por lo que estaba viviendo. Sin saber como, empezó a escribir en su máquina, comenzó a describir con todo detalle a los personajes de Velatorium desechando la anterior imagen que tenía de ellos en su mente.
La puerta sonó por tercera vez.
-¡Voy yo!-Dijo Peter como si de su casa se tratara.
Era George el Alguacil.
James no daba crédito. A lo largo de la noche la puerta no dejó de sonar. Dos hombres transportaron hasta allí un ataúd con Frederic, el difunto, dejándolo sobre la cama.
Entre llantos y algún que otro rezo, los veladores conversaban entre sí ayudando a James a encontrar, por fin, ese hilo que con tanta ansia había buscado sin éxito. La original trama se estaba entrelazando y todavía sin creerlo del todo, James sonreía con el cigarro en su boca tecleando sin dar respiro a su antigua máquina de escribir.

Habían pasado varias horas y, a pesar del cansancio, James seguía escribiendo sin parar, sin perder la rapidez del principio. Los primeros rayos de luz entraron por la ventana y apenas quedaban cinco veladores junto al difunto Federic.
Lisa Mickson se acercó al escritorio y tocó la espalda de James mientras le susurró al oído:
-Ahora todo está mas claro. Llevábamos tres meses que era una auténtica locura.
-Muchas gracias por todo, Lisa-dijo James
-No nos des las gracias. Todos somos partes de esta obra.
Dos de los hombres cogieron el ataúd con Federic y salieron del piso. Los demás asistentes salieron de allí de igual manera sin despedirse de James, que todavía sentado en su escritorio, les observaba relajado y sonriente, como si lo que hubiera ocurrido allí esa noche hubiera sido algo normal, algo real.

Las hogueras aunque ya apagadas, desprendían humo todavía. James miraba a través de la ventana mientras buscaba sin éxito un cigarro en su cajetilla vacía. Se dejó caer en su camastro. El ruido del viejo somier de muelles le pareció la serenata más bella que jamás había escuchado.

Después del sol

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Cuando la clientela me deja, conecto los cuatro microcables a mi sien, corazón, cuello y nuca.
Me encanta jugar con la "sensoplay 4" detrás del mostrador de mi humilde tienda de antigüedades. Procuro ser lo más discreto posible y cuidar la imagen de mi negocio, por eso cuando el sensor de la entrada detecta la presencia de un cliente, mi cinturón vibrador me avisa y de un tirón desengancho los cables.
-Buenos días caballero, ¿que desea?
-Estoy buscando una televisión de plasma.

Las antigüedades han sido siempre mi forma de vivir. Me paso prácticamente todo el día rastreando y localizando personas que me puedan vender antiguos aparatos de los que se hacían llamar electrónicos. Para su funcionamiento, estos aparatos eran conectados a un flujo neto de carga eléctrica denominada corriente eléctrica, un sistema obsoleto y que, en esta época, nunca se llegó a comprender del todo. Antiguamente existían aparatos que entretenían, que comunicaban, con los que se trabajaba e incluso se convivía.

Siempre me ha fascinado pensar que antiguamente, en la época del sol, los hombres se sentaban frente a una "televisión" o "televisor": aparato electrónico que entretenía a una o varias personas sin ningún tipo de interactuación. Utilizaban la vista y el oído para observar y oír diferentes imágenes y sonidos que desprendía este vestigio. Recuerdo que buscando información en mi "CI-3" (Chip Integrado 3), había otro aparato denominado Radio, similar al anterior pero sin imágenes. De éste último apenas hay información.

Tomé mi dosis sueralimenticia, ajusté mi protección vital, me introduje en mi "MTM" (Máquina Transportadora de Materia) y me dirigí al lugar donde quedé con Serón, uno de mis mejores clientes y amigos. Contacté con él por medio del Correo Telepático Digital y dio bastante importancia a algo que quería mostrarme.
Serón era una persona inteligente, aprovechaba muy bien sus 9 chips integrados y siempre innovaba y buscaba explicaciones a todo.

-¿Que tienes para mí Serón?- le pregunté.
-Esta vez no te voy a vender nada amigo. Ha llegado a mis manos un viejo aparato, una reliquia. Creo que entre los dos podemos intentar algo que se me ha ocurrido.
-¿Que aparato es?-
-Es un aparato electrónico que nunca antes había visto. Pero lo interesante es que hay otro elemento más relacionado con el aparato en cuestión.
-¿De que se trata?-Pregunté
-Es un elemento, el cual sospecho, según mi "CI-6", que se puede tratar de un primitivo soporte de información. Tiene grabado en relieve las siglas VHS y lo curioso es que éste elemento, se puede introducir en el aparato que te he comentado.
-Perdóname Serón pero no entiendo nada.
-Estamos ante una suposición que tengo entre chip y chip. Tanto el aparato electrónico como el elemento son presolares.
-De eso estas seguro, ¿verdad?-Quise asegurarme.
-De eso estoy seguro. Iré al grano: Necesito tu ayuda. El aparato electrónico tiene unas antiguas entradas u orifícios. He consultado mi "CI-3" y tiene bastante sentido la opción de encontrar unos cables adecuados para conectar ese aparato a una de esas antiguas televisiones que tienes en tu tienda.
Yo me adelanté:
-Entonces obtendríamos datos del supuesto soporte de información a través del aparato electrónico conectado a una de mis televisiones.
-¡Correcto!- Dijo Serón contento de que lo hubiera entendido.
-¿Y como alimentamos la televisión y el otro aparato?-Mi cara cambió a la vez que preguntaba.
-Tiempo al tiempo.....

Lo que parecía fácil se convirtió en una tarea minuciosa y complicada. Empleamos mucho tiempo, pedimos ayuda a los más importantes especialistas en electrónica presolar e invertimos mucho más dinero del que en en principio pensamos. Serón y yo lo teníamos muy claro, queríamos llegar hasta el final, ansiábamos conocer la información del supuesto soporte de datos.

Un día, según disfrutaba de un viaje astral con mi "Simulador X33", mi cinturón vibrador me aviso de que alguien entraba en la tienda. Automáticamente me quité el casco de cristal líquido y la sensación de flotar entre las estrellas se esfumó radicalmente al encontrarme de golpe con un sonriente rostro.
-¡Lo tenemos!-Gritó Serón.
-No me digas, ¡cuéntame!
-Con la ayuda del Doctor Yim, he podido desarrollar una réplica similar a la de un cable que nos cedió el "Museo Presolar Universal".
-¿Y la alimentación de la televisión y del otro aparato?-Pregunté.
-Pedí ayuda al Centro de Investigación. Enseguida desechamos la posibilidad de la energía sensorial. No nos llevaba a ningún sitio.
-¿Y bien?
-Lo hemos logrado mediante el frío.
-¿Mediante el frío?
-Como lo oyes. La "Energía Gélida" nos ha dado la solución. Utilizaremos un transformador al que solo le faltan unos detalles y ¡todo lo tendremos a punto!
-¡Lo hemos conseguido!-Grité espontáneamente, mientras que Serón y yo nos intentabamos abrazar a la vez que nuestros incómodos trajes de protección vital chocaban.

Hace muchísimo tiempo, no se sabe cuanto, la tierra estuvo iluminada por el sol, un raro fenómeno que no duró mucho tiempo. Se dice que el sol daba calor a la tierra y que en esa época existían seres llamados plantas y animales. Cuentan las viejas leyendas, que tanto las plantas como los animales, eran seres malignos que se alimentaban del sol. Su aspecto era similar al nuestro y la finalidad de estos malvados seres era la de extinguir la especie del hombre para pasar a ocupar la tierra.

-¡Colúmpiame mami!

-¿Estas grabando?

-¡Si!, ¡Haz caso y columpia a la reina de la casa!

-¡Más fuerte mami!

-¡Mira a la cámara Sandra!




Se veía a dos personas. A una tercera persona tan solo se la escuchaba.
La luminosidad era limpia, clara y muy especial. No había ningún foco de luz cercano.
-¿Donde está el sol?-Me preguntó Serón.
-Puede ser esa luz intensa del cielo-
-¿Pero el sol no ocupaba todo el cielo?
-Cierto. Entonces, eso será una estrella.

Eran una mujer y una niña de pelo amarillo. Estaban expuestas a la atmósfera, sin ningún tipo de protección vital. Hablaban, reían, parecían divertirse.
El suelo era verde. Allí al lado había una especie de edificio, o por lo menos eso parecía.

También había un elemento de tono marrón que salía del suelo en dirección al cielo. La zona superior de éste era verde y se ensanchaba. De allí salían y entraban pequeños puntos que se movían por el cielo agitándose y emitiendo sonidos agudos.
Serón y yo, estupefactos, observábamos las surrealistas imágenes.
-Pobre gente, que lugar más triste.- Me comentó Serón.
-Pues sí Serón, no valoramos para nada la buena suerte que tuvimos de haber nacido en esta época, en la Oscura Era Glacial.

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