
Junto a la ciudad libre de Cristiania, en el centro de Copenhague, el viejo James Lucker vivía en un humilde y pequeño piso que heredó de su tía Brenda. Esta pequeña morada, formada por un baño y un pequeño habitáculo que comprendía el salón, la cocina y un viejo camastro, era el espacio donde James Lucker pasaba la mayoría del tiempo de su tranquila vida.
Esa noche, James se movía de lado a lado, incapaz de calmar un nerviosismo que no sabía muy bien de donde provenía. El ruido del viejo somier de muelles no cesaba, al igual que la inquietud de su mente, que giraba sin sentido haciendo imposible conciliar su sueño.
Eran las tres de la madrugada. James se incorporó encendiendo la débil luz de su mesilla casi a la vez que su cigarro. Ya de pié, a través de la ventana, observaba sin interés a los habituales nocturnos que se agrupaban alrededor de las hogueras, donde cada noche luchaban contra el gélido frío.
"Velatorium" volvió a poseerlo. Últimamente era habitual la obsesión de James por su novela. Llevaba más de tres meses escribiendo y un bloqueo inexplicable en él, le atrofió la mente de tal manera que no le dejaba proseguir su historia.
La enrevesada historia sucedía durante toda una larga noche en el interior de un velatorio. Amigos y familiares del difunto sufren situaciones de lo más particulares, pintorescas y a la vez aterrorizantes. Esa era la idea, pero no llegaba a colmarse.
Los personajes de "Velatorium" iban y venían, deambulaban por la mente de James sin mucho sentido: Lisa Mickson (la mujer del difunto), Telma Stone(la hermana solterona de Lisa), Frederic Mickson (el difunto), George Lois (el alguacil), Peter Luch (el mejor amigo de Frederic)....Una amalgama de situaciones transitaban a la deriva sin ningún sentido. James quería hilar la historia a toda costa pero le era imposible, la imaginación emigró de su ser y no era capaz de escribir como tantas otras veces lo había hecho.
Encendió el segundo cigarro y se sentó en su escritorio, frente a su antiquísima máquina de escribir "Underwood Five".
Sabía que no era bueno forzar, que las ideas debían surgir por sí mismas, pero la desesperación le superaba. Colocó sus manos en la máquina con el falso ademán de comenzar a escribir, intentando engañar a un subconsciente resabiado y curado de espanto.
La ceniza del cigarro caía en las desgastadas teclas de su máquina cuando de repente alguien llamó a la puerta de su casa. Eran las 3:30 de la madrugada y los tres golpes secos en la puerta sobresaltaron y pusieron en pie a un James que no esperaba, y menos a esas horas, la visita de nadie. Algo nervioso miró a través de la mirilla y comprobó la presencia de una extraña mujer.
-¿Quien es?-James preguntó.
-Soy yo-Contesto la desconocida.
James descartó la posibilidad de que esa mujer de voz débil fuera una malhechora.
-Un momento-Gritó mientras peinaba su escaso pelo frente al único y sucio espejo de su piso.
Tendría alrededor de cincuenta años y cara de pocos amigos. Era alta, delgada y más bien pálida. Su pelo largo y oscuro estaba algo desaliñado, sus ojos brillaban y su rostro era triste.
-¿Que desea?
La mujer miraba fijamente a James, apenas se movía y éste tuvo que insistir.
-¿Quiere algo?, ¿Se encuentra bien?
La mujer habló manteniendo su rostro serio:
-¿Me deja pasar por favor?
James sorprendido accedió y la hizo un gesto con su brazo. Seguidamente ella entró en el apartamento y se sentó en una de las sillas. Su mirada se volvió a clavar en Lucker.
-Y bien, ¿quien es usted?
-He venido a ayudarle.-Su cara se mantenía seria y firme.
James empezó a perder los nervios:
-Pero bueno, ¿esto es una broma?, ¡Yo no necesito ayuda de ningún tipo!, ¿me ve con cara de necesitar algo?.
La mujer esperó a que dejara de hablar y con tranquilidad le dijo:
-Mi nombre es Lisa Mickson y vengo a ayudarle con su novela "Velatorium".
James abrió sus ojos:
-Pero, ¿como?, ¿Lisa?, ¿Velatorium?.
Lucker no entendía cómo esa desconocida sabía de la existencia de su novela. Él no se lo había dicho a nadie.
Ha debido de entrar en mi apartamento en algún momento-pensó.
-No se preocupe, en esta vida todo tiene explicación.-Lisa intentaba tranquilizarle.
-Pero Lisa Mickson, ¡es un personaje de mi novela!- James dijo con sorpresa.
-Y ¿quien ha dicho lo contrario?
De nuevo, alguien llamó a la puerta. Otros tres golpes esta vez más consistentes interrumpieron la conversación.
-¿Quien es?
-¡Soy yo!.
A pesar de que la voz era masculina, esta vez James no miró por la mirilla abriendo directamente la puerta.
Un hombre rechoncho con tirantes y bigote adelantó su mano saludando a un James al que no le dio tiempo a decir nada, el extraño hombre accedió al apartamento con total naturalidad y directamente dio dos besos a Lisa.
-¿Y usted quien es?-Preguntó James.
-Soy Peter Luch, gran amigo de Frederic.
James se sentó en su escritorio asombrado por lo que estaba viviendo. Sin saber como, empezó a escribir en su máquina, comenzó a describir con todo detalle a los personajes de Velatorium desechando la anterior imagen que tenía de ellos en su mente.
La puerta sonó por tercera vez.
-¡Voy yo!-Dijo Peter como si de su casa se tratara.
Era George el Alguacil.
James no daba crédito. A lo largo de la noche la puerta no dejó de sonar. Dos hombres transportaron hasta allí un ataúd con Frederic, el difunto, dejándolo sobre la cama.
Entre llantos y algún que otro rezo, los veladores conversaban entre sí ayudando a James a encontrar, por fin, ese hilo que con tanta ansia había buscado sin éxito. La original trama se estaba entrelazando y todavía sin creerlo del todo, James sonreía con el cigarro en su boca tecleando sin dar respiro a su antigua máquina de escribir.
Habían pasado varias horas y, a pesar del cansancio, James seguía escribiendo sin parar, sin perder la rapidez del principio. Los primeros rayos de luz entraron por la ventana y apenas quedaban cinco veladores junto al difunto Federic.
Lisa Mickson se acercó al escritorio y tocó la espalda de James mientras le susurró al oído:
-Ahora todo está mas claro. Llevábamos tres meses que era una auténtica locura.
-Muchas gracias por todo, Lisa-dijo James
-No nos des las gracias. Todos somos partes de esta obra.
Dos de los hombres cogieron el ataúd con Federic y salieron del piso. Los demás asistentes salieron de allí de igual manera sin despedirse de James, que todavía sentado en su escritorio, les observaba relajado y sonriente, como si lo que hubiera ocurrido allí esa noche hubiera sido algo normal, algo real.
Las hogueras aunque ya apagadas, desprendían humo todavía. James miraba a través de la ventana mientras buscaba sin éxito un cigarro en su cajetilla vacía. Se dejó caer en su camastro. El ruido del viejo somier de muelles le pareció la serenata más bella que jamás había escuchado.




hola!me encanto tu historia son como las que me gustan a mi...
ResponderEliminarme gusto tu blog...y el otro es brillante pero no te pude firmar alli..
gracias por compartir..
besos.
silvia cloud